FELIZ NAVIDAD y FELICES FIESTAS!!!!!!!!!!!!!

Os mando el último cuaderno de bitácora que escribió Fran cuando llegamos a Tailandia, entretanto ya hemos hecho un crucero por las islas Similan, así que supongo que de aquí a unos días ya os pondremos al corriente de las aguas asiáticas. Para aquellos que tienen un hueco recordad que hemos montado un crucero para el día 21 de Febrero (12 días).

Un abrazo muy fuerte,
Fran y Janine

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Cuaderno de Bitácora Piscis Diving, 11 de Diciembre de 2006

Hola buzos,
la llegada a Bangkok ha sido toda una locura. Como siempre, el calor nada más salir del aeropuerto, más que parecer que te terminas de cascar unos cuantos miles de kilómetros, parece que te hayas trasladado de planeta. La temperatura ronda los treinta-y-pico. Entre el calor, el jetlac y los mosquitos tobilleros el sueño no aparece …

Nómadas subacuáticos:

A lo largo de la historia, el ser humano buscó un lugar donde alimentar a su tribu: tierras cálidas y ricas en alimento eran todo lo que le hacía falta para sobrevivir y así cumplir con su función en la naturaleza, la cual era solo sobrevivir. Los nómadas se desplazaban de un lado a otro del planeta en busca del dorado sol que calentara su huesos.
Allá por el siglo veintiuno, cuando el planeta estaba ya en plena destrucción, una tribu, la cual se desplazaba con unos 50 kilos de equipaje cada miembro (la llamada tribu de los escupidores) buscaba mares cálidos donde cazar a base de fotografías los seres que en poco tiempo desaparecerían del planeta. Igual que un día desaparecieron los mamuts.

El reloj estaba en marcha. El mar mermado. Los ánimos por el suelo. La contaminación a tope. Y los ricos cada vez más ricos y podridos de dinero. La relación era directa: cuanto más ricos eran los otros más podrido estaba el mar. Algunas tribus dentro de la misma tribu de los escupidores apoyaban incluso matanzas por un puñado de puntos, simplemente por el hecho de ser el más machote. Ya no era comer sino puntuar lo que engrandecía al que una vez se le llamó ser humano.
Los ayuntamientos ejercían en todo el planeta una especulación urbanística exagerada, hasta el extremo de dejar completamente encofrada la costa a base de ladrillos y cemento. Los hijos de los que vendrían después ya no verían la naturaleza más que en fotografías antiguas. El mar mediterráneo podrido y arrastrado por un montón de embarcaciones desgraciaban el fondo cargándose la cadena alimenticia. El agua se havia vuelto corrosiva de los vertidos que los ríos depositaban en sus deltas. Luego llegaban los listos y modificaban los deltas que a lo largo de los milenios se habían formado. Politicuchos que no servían para nada más que para estropear la maravilla de naturaleza que la vida nos había regalado. Contribuyeron a propagar enfermedades, muchas de ellas a causa del cambio climático. La malaria, el dengue, el tifus, el SAS, la encefalitis japonesa y la esponjiforme iba dejando a los homínidos andantes cada vez más desolados y desesperados.

El pueblo lo decía. La gente lo sabía. Todo el mundo lo comentaba, pero nuestros líderes no hacían nada o casi nada. Estaban más entretenidos en seguir bombardeando a sus semejantes, personas como ellos con madres, hijos, abuelos… No importaba. El poder era lo más importante.
En una parte del mundo la gente se moría de hambruna. En la otra, la anorexia hacía estragos.
En la parte donde aun, según los listos, se estaba desarrollando, el patrón a seguir era el que veían en la tele, en las películas de holliwood, con aquel poder supremo que otorgaba los buenos coches y las buenas ropas. El hombre ya no era corazón, era de plástico: “tanto tienes tanto vales”. La enfermedad del que acumulaba basura era comparada a la del que acumulaba riqueza: “como tengo dinero, me diseco un par de jirafas y con estas patitas de elefante me voy a hacer una mesa más guapa….”. Otros se entretenían cazando osos por ahí. No para comer sino por el placer de matar, pero claro tenían dinero y al dinero hay que darle salida, así mataron a la madre de Yaki y Nuca ¿os acordáis?. Aquel cazador y las cosas, pues siguen igual. Ni a aquel cazador ni a este se le podrán juzgar. A uno porque era de dibujos animados y al otro porque lo amparaba la constitución. Porque ya sabéis que todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros.

La gente empezó a dormir en tiendas de campañas. Las viviendas eran demasiado caras. El precio económico y moral era demasiado alto como para soportarlo, y todo ello ayudaría a propagar las enfermedades con mucha más virulencia. El tercer mundo se desplazaba al primero y el primero tenía el dinero justo para un iglú donde guarecerse en la mismísima orilla del río Sena. Las vista eran maravillosas, pero el olor que poco a poco iría transmitiendo por la atmósfera hacía de aquella situación un hervidero de terroristas que desamparados tenían muy poco que perder o nada. La tierra está podrida y el cielo atestada de fascistas que en su momento pagaron la gula, se arrepintieron y comenzaron allí con su especulación. Dicen que el mismísimo Jesucristo tuvo que volver a vivir al pesebre donde nació.

Qué bonito amaneció hoy el mar. El sol lo acaricia, la temperatura suave invita a darse un baño, pero la gente espera el briefing subacuático. La tripulación da los buenos dias. Un trozo de bizcocho, un café con leche y el divemaster empieza con sus señales y comentarios a prepararnos los jugos gástricos subacuáticos. La visibilidad se prevé de 50 metros. El agua está a 29ºC, los equipos ya quedaron montados ayer y no se desmontaran hasta que termine el viaje. Los buzos les hacen estrellitas los ojos, las miradas de complicidad con los que nunca estuvieron en un mar tropical producen un hormigueo en el estómago, semejante a cuando subías de pequeño en un columpio. El objetivo de la primera inmersión es la primera toma de contacto con el medio y el chequeo de flotabilidad. Los cámaras afilan sus tóricas con delicada paciencia, las modelos o respectivas esposas miran hacia el agua en busca del nirvana. La bocina del barco da la señal de inmersión. Uno tras otro, entre risas y cachondeo, se va lanzando al maravilloso reino de neptuno. La entrada en el agua es dulce, sin sobresaltos térmicos. Mi 3mm hace a la perfección de pantalla térmica. El sabor del agua salada endulza mis sentidos. El aura de los buzos después de 11 horas de avión indica la plena satisfacción. Miro hacia abajo, el ansia me corcome, parece que aquel sueño se fuera a desvanecer, tengo ganas de sumergirme, pero mi flotabilidad me indica que aun necesito un kilito más de plomo. Lo pido. Los segundos que tardan en dármelo se me hacen eternos. Los peces nos rodean. El vértigo se dibuja en mi rostro, 25 metros de profundidad y ya veo a los buzos deslizarse por el líquido. No parecen seres terrestres, parecen pertenecer al medio acuoso. Janine sonríe y me guiña un ojo. La señal de tranquilidad que desprende me hace sentir tan seguro como siempre. ¡Joder que bonita está la mar!, con todas esas palmeras reflejadas en el orilla esmeralda ¡Qué tranquila es la corriente!, empiezo a soltar el aire de mi jacket. El descenso es suave. Miro de vez en cuando dentro de la cámara en busca de burbujas asesinas que indiquen una posible inundación. Mi flotabilidad ahora es casi perfecta, pero a lo largo de los días la iré controlando. No querría lastimar a un solo organismo de este maravilloso lugar. Estamos en Similand Islands, paraíso subacuático, donde la tranquilidad del pueblo tailandés se traduce de igual modo debajo del agua: “May Pen Ray!”, grita la tripulación. Tranquilos chicos nos quedan 23 buceos todavía y este es el primero…

Buen Buceo Buzos,
Fran.