Hola Buz@s,


La primera inmersión nocturna de tu vida no se te olvida jamás. Por más que pase el tiempo, esa sensación de sumergirte en aguas oscuras, con todos sus monstruos ahí, esperándote, resta en la memoria.

Aquella nocturna se preparó como todas las demás, un buen briefing, instrucciones de seguridad, parejas y grupos, todos a bordo y el mar en perfecto estado para la inmersión.

Aún y así, a los buzos, en las inmersiones nocturnas, siempre se les ve más intranquilos de lo habitual, sobretodo aquellos que se estrenan en este tipo de buceo.



Las risas y las caras serias se van alternando. Es el nerviosismo que recorre tu piel y te pone en alerta el que te hace actuar, a veces incluso, de manera ridícula.



A cinco metros de profundidad encendemos una luz que emite destellos contínuos. Parece una concentración de paparazzis fotografiando al Rey mientras se come el elefante que ha cazado. Porque se lo comerá, no lo mató por matar, se lo zampara enterito. Te lo digo yo, que me críe viendo la serie de dibujos animados Jacky y Nuca.

El cabo nos marca el descenso, poco a poco vislumbro el fondo a 18 metros de profundidad, los buzos que en el barco se encontraban algo nerviosos respiran agradablemente y no dejan de buscar el bicho que les alegre la inmersión.

Una vez todos en el fondo y, después del ok correspondiente, empezamos a mirar en los escondrijos entre las rocas, en busca de crustáceos multicolores. La arena también es un lugar divertido para encontrar esos seres que viven entre la arena y el corte de la roca.

Prácticamente estamos terminando la inmersión cuando de repente, a la altura de mi oreja, un ser del tamaño de mi pulgar, me da un susto de muerte, no por su tamaño, sinó más bien por su aparición espontánea.

Se me queda mirando a la altura de los ojos, le muestro la palma de mi mano y con suma ternura le doy cobijo mientras la observo alucinado. Parece un abejorro, se mueve poco a poco. 

Me giro para ver a mi compañera de buceo, una chica con los ojos más bonitos que te puedas imaginar. Sin embargo, su rostro me asusta. Esos dulces ojos azul cielo de muñeca se han quedado sin respiración, clavados en la sepia que le ofrezco con mi mano.

No reacciona, incluso sigue sin pestañear, además, su cara, debido a la máscara excesivamente apretada, me hace dudar de si es la buceadora con la que entré en el agua o no ¡Ajajajajaja! ¡Qué graciosa está! ¡Narcotizada por una sepia!

En este momento, está claro que no pasaría un test de narcosis. Apenas nos encontramos a 12 metros de profundidad y el pelotazo de la buceadora aún me tiene conmocionado.
El vídeo lo dice todo…

-Buceadora, ¡sabes que te quiero mucho! Aunque un día te prometí no sacar nunca a la luz estas imágenes, piensa que el mérito de hacer sonreír a los demás es infinito. Recuerda que sólo tú y yo sabemos quién se esconde detrás de esa máscara.

Buen buceo Buz@s

Fran Gómez