Apenas sabía nadar, cuando cayó en mis manos mi primera máscara de buceo. Aquello fue como un renacer, yo tenía nueve años y en las emisoras locales sonaba ese verano Miguel Ríos, con el “Rock de una Noche de Verano”. Aquel mundo que se abría ante mis ojos me pareció tan maravilloso que hice lo imposible por aguantar a un  niño repelente, propietario de la mascara maravillosa,  aquel muchachito lo único que sabía enseñarme era cómo arrancarle las patas a los cangrejos para ver como su agonía se prolongaba durante horas. Mi corazón, en aquella época, era ya tan sensible como ahora y la pena que me producía me hacía retorcer en la colchoneta de aquel camping gallego ¿Cómo puede alguien hacer sufrir a un animal, sólo por el gusto de ver su reacción?
 
Los días iban pasando y aquella máscara de buceo ya se había amoldado a aquella cara asmática, marcada por una asfixia incesante que no me dejaba vivir. Aún y así, cada pez que descubría, cada ser que me iluminaba con su presencia, me hacía sentir más vivo que nunca. Mi madre decía: “Fran, sal ya del agua que estás temblando” Y yo le respondía enseguida: “Mami, no te preocupes, son los nervios, ¡no tengo frío!”
 
Poco después, conocí a uno de mis grandes amores, su mirada azul lo llenaba todo, su presencia era cálida, limpia y clara, y me vislumbraba con cada una de sus lágrimas saladas. Su olor a sandía me hipnotizaba. Era la mar mediterránea. Dondequiera que fuera, ahí estaba, llena de vida. Sus rocas estaban pobladas de mejillones, grandes como puños. Peces de todos los tamaños acudían a mi encuentro, se quedaban tan asombrados como yo al verlos, algunos me seguían mientras hacía snorkeling. Mi esquina preferida, esa que tiene todo buceador, rebosaba vida, era un paraíso y, todo eso, a cien kilómetros de Barcelona, Sant Feliu de Guixols.
 
Poco después y tras mucho esfuerzo, conseguí que mi madre me dejara hacerme submarinista. ¡Imagínate, yo submarinista! Un asmático que pasó más tiempo en hospitales que en el colegio. No me preguntéis cómo, pero conseguí engañar a mi madre y ella, pobrecita mía, me dejó aventurarme en lo que hoy en día es mi vida y mi pasión, lo que hace que mi corazón lata con más fuerza que nunca, lo que hace que a pesar de mi asfixia me levante por la mañana y siga luchando. Eso y mi amor a la Madre Tierra hacen que agradezca cada día el estar vivo, el estar aquí.
 
Los años fueron pasando y aquellos lugares donde vi nacer, una y otra vez la misma escena, fueron desapareciendo. Ya no quedaban ni siquiera los mejillones de roca que tapizaban como alfombras persas cada rincón de mi queridísimo Sant Feliu de Guíxols. Entonces mi decisión, en el año 2000, fue tajante ¡Esto se tiene que proteger! El cómo, no lo sabía, pero lo que sí sabía era que o se hacía algo o, todo aquello de lo que estaba enamorado hasta las trancas desaparecería. Entonces monté PISCIS DIVING, ya ves, un chaval de Mollet del Vallés, del barrio sin madre, un lugar donde la única esperanza de vida era el olor del café de las fábricas y contaminarme los pulmones con las factorías químicas de los alrededores. El proyecto era ambicioso, pero después de haber sobrevivido a tantos ataques de asma, a qué le podía tener miedo yo, a nada.
 
La batalla pacífica, siempre de la mano de mis dos grandes héroes Vicente Ferrer y Gandhi, empezó a construir un sueño de esperanza hacia este reino animal. Los buceos me mostraban, más de cerca, lo que este ser humano, ignorante ante la riqueza de su biodiversidad, era capaz de hacer. Llegó la pesca de arrastre y esto aceleró la tragedia. Donde antes se podían ver veinte puestas de calamar activas, ahora sólo llegaban un par de ellos. Calamares de Sant Feliu, calamares de más de medio metro, curiosos como siempre, curiosos como la primera vez que los vi.
 
Apenas tenía veinte años, descendía suavemente, pues la compensación a causa de mi alergia estaba siendo durísima, el agua estaba fría, era febrero, y ya habíamos bajado veinte metros cuando en el fondo vi la silueta ondulante de algo que no conseguía distinguir. El reflejo de sus ojos junto a su tamaño me asustaba por momentos. Ingrávidos en el fondo y entrándome agua por el cuello del traje, olvidé por un momento el terrible frío que estaba pasando y, como si fuera el mismísimo Tom Cruise en la película Misión Imposible, llegué al fondo y conseguí posarme en él sin levantar sedimento alguno. Recogí mis brazos, en parte para no asustar a aquellos seres que desde la distancia observaban mis movimientos, alerta de no ser devorados por aquel hombre rana, que nervioso, no paraba de escupir burbujas, una y otra vez, a través de su regulador.
 
De repente, uno de ellos abandonó el grupo y vino hacia mí. Su ojo era del tamaño de una pelota de pin pon, noté como nuestras miradas se encontraban. Yo le dije que no iba a hacerle ningún daño, que sólo quería ver lo que estaban haciendo, a lo que éste no dudó y, como si me hubiera entendido, le hizo una señal con sus tentáculos a otro calamar que tenía al lado y éste, se deslizó hacia el fondo y empezó a poner sus huevos. La paz del momento sólo se vio alterada por las burbujas de mi regulador y los suspiros de emoción que expresaba tras cada exhalación.
 
No había visto nunca semejante imagen en ningún documental del momento. En aquella época, cualquier reportaje podía hipnotizar al espectador con maravillosas imágenes de ese ser y al mismo tiempo, en la siguiente secuencia, mostrar cómo el propio documentalista se comía al mismo animal salvaje, sin ningún tipo de escrúpulos. Gracias a Dios, esto ha cambiado y ahora, esto es visto como un sacrilegio. No tiene sentido, hablamos de animales salvajes, auténticos y únicos.
 
Hoy en día es tan difícil ver una puesta de calamar, que cuando se ve una, la noticia corre por los foros de internet, como si el nuevo mesías hubiera aterrizado en la Tierra con un mensaje que darnos.
 
Qué grandes sois los buz@s, qué sensibilidad hacia el medio, cómo ha cambiado y cómo tiene que seguir cambiando, por los hijos de los hijos de nuestros hijos. AMÉN.
 
¡¡¡Reserva Marina Ya!!!
 
Fran
 
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