Buz@s,

el día amanece que no es poco siempre con esa luz que en un momento todo lo envuelve. Esa luz reflejada en el mar mediterráneo, ecosistema riquísimo en especies, colores y comportamientos singulares. Un mar castigado generación tras generación debido a la insensibilidad hacia los seres que lo pueblan. 
Este mar, que baña el lugar donde en este momento vivo, está enfermo y débil. Unos seres llamados Homo sapiens, sin escrúpulos, lo han convertido en la cloaca de nuestra supuesta civilización. Un verdadero vertedero de nuestras vergüenzas más profundas. 

Hartos de ver como la administración mira hacia otro lado, embajadores del fondo marino venidos de todas partes y conocedores del lenguaje de los signos submarinos, organizan su fin de semana para ofrecer un alivio a este maravilloso mar de Sant Feliu de Guíxols, corazón medio ambiental de la Costa Brava.
Las 8 de la mañana, buz@s ansiosos de entrar en guerra afilan sus tijeras. Sonrisas de complicidad y a la vez indignación se respira en el ambiente. Catorce años pidiendo que se proteja esta perla de la Mediterránea y ni el gobierno de Cataluña ni el gobierno de España han dado un paso firme a favor de la protección de esta biodiversidad que tenemos en casa.
Los submarinistas no se preocupan, se ocupan. Sin esperar nada de nadie preparan redes y globos de ascenso para dejar este ecosistema libre de porquería. Tienen hijos y saben de la importancia de trabajar para un futuro más limpio.

No todos los días tienes la suerte de poder jugar-te la vida por una causa noble, bajo ninguna bandera ni ningún rey. Sólo por los reyes del mar, los buceadores están dispuestos a darlo todo y a defender así a esos seres sin voz ni voto.
Esta vez son treinta metros de profundidad. Jaulas perdidas fruto de la pesca artesanal yacen en un fondo oscuro y angustioso. Cuando ves que el tiempo juega en tu contra es una verdadera contrarreloj. Puedes entrar en descompresión, quedarte sin aire o sufrir la borrachera de las profundidades. 
Nuestros medios son escasos, la guerra sin cuartel que se libra en Sant Feliu es, además de silenciosa y anónima, una guerra a vida o muerte, donde un grupo de héroes lo dan todo por la naturaleza.
La visibilidad es de unos veinte metros y frente a nosotros se abre precioso un azul que dibuja claramente su fondo. Desde superficie parece ir todo sobre previsto, pero el movimiento del agua indica corriente y ese factor es de vital importancia.


Descendemos y a treinta metros de profundidad encontramos el primer embrollo de restos de pesca, unas jaulas y una red enredadas nos dan la bienvenida. El mar inteligente nos reta con su primera prueba de fuego. Los buz@s equilibran sus chalecos, se miran unos a otros, la batalla está apunto de empezar. En esta ocasión las tijeras no serán necesarias, machetes afilados y desenfundados hacen los honores. 

Un cabo enredado golpea el arrecife y uno de los buzos se ha dado cuenta. Después de recibir el ok del buzo de seguridad éste procede a su desenredo, mientras el resto del equipo recoge las jaulas y las apila de tal manera que podamos hacer una gran masa y con un globo de acenso de 500 litros se pueda ascender a superficie donde otro equipo desde el barco lo localizará y lo subirá abordo.


Las cosas en el mar no son siempre un plan perfecto. La naturaleza impone sus reglas, los minutos de descompresión empiezan a pasar factura, los ordenadores nos alertan con su pitido, pero los buz@s siguen con su plan. El consumo de aire también juega en nuestra contra, pues a esa profundidad es cuatro veces mayor que en superficie.
Uno de los grupos trae otro montón de basura humana compuesta por más restos de pesca. El buzo que acarrea la chatarra respira con dificultad, el desgaste físico es tremendo, las burbujas que expulsa por su regulador lo dicen todo: ¡Qué asco de mundo neoliberal en el que vivimos!


Todo hecho una gran mola de porquería es lanzado a la superficie, el globo de 500 litros hace su trabajo facilitándonos así el nuestro. Buz@s exultantes se dan la mano, estamos a treinta metros y los minutos de descompresión nos presionan para abandonar la zona y comenzar un ascenso suave. La extenuación y el ejercicio nos ha saturado de tal manera que debemos ser prudentes. Tardamos varios minutos en alcanzar la superficie y cuando parece que todo ya ha terminado el globo se hunde de nuevo. 
Las caras de los buz@s  entristecen y muestran desilusión. Tanto trabajo para acabar otra vez en el fondo. En ese momento la corriente es tan fuerte que mi regulador entra en flujo continuo.



Cambio de botella, descanso en superficie y vuelta a empezar. Esta vez la operación será mucha más complicada, se trata de buscar y recuperar. La esperanza es lo último que se pierde y aquellos hombres rana, preparados con su atuendo típico de submarinista, descienden una vez más en busca de aquel tesoro que nadie querría llevarse a casa. No es ni oro ni petróleo ni diamantes, ni tan sólo son restos de un naufragio, ánforas romanas, fenicias o ibéricas. Son restos del saqueo humano para ganarse la vida que restan en el fondo para que otros la pierdan.
Esta vez, el fondo es arena, sólo arena y más arena. Las referencias no existen, sólo agua a treinta metros de profundidad y una estimación de donde puede estar perdido el tesoro arrastrado por la corriente.
Cuando comienzas un descenso y no ves el fondo, tu cerebro se desorienta y tu mente da rienda suelta a ese monstruo que a lo largo de la vida se ha ido creando, el miedo al abismo, al abismo de uno mismo. Y ahí estás tú, solo, buscando un globo blanco abrazado a un montón de porquería deseando salir corriendo.



¡No me lo puedo creer! ¡El globo ha llegado de nuevo a superficie! Estamos a más de 400 metros de distancia de donde se había izado por primera vez ¡Es alucinante! ¡Los buzos lo han conseguido! Nos aproximamos otra vez para cogerlo pero apenas a dos palmos de distancia, cuando ya estamos apunto de llegar, el globo comienza a hundirse, una vez más, empujado por la corriente, perdiéndolo de nuevo en el azul.
¡No me lo puedo creer! ¡Todavía los buzos no han terminado la descompresión y se nos ha vuelto a hundir! Cuando los buzos llegan a superficie, su cara de satisfacción se ve afectada por la mala noticia. Lo hemos perdido.
Recuperarlo dos veces es difícil, pero una tercera vez ya me parece imposible. Nuestra saturación está al límite de la enfermedad descompresiva, el tiempo ha acabado con el aire de nuestras botellas pero no con nuestra esperanza. 
El descenso es inmediato, los equipos se ordenan por profundidades y distancias, esta vez tiene que ser la definitiva. La seguridad es lo más importante. En superficie, el buzo de seguridad está alerta, preparado para cualquier intervención necesaria.
De repente, un blanco gigante rompe el agua y uno de los buzos del barco se abalanza sobre él como portero que salva el mundial y, antes de que se vuelva a hundir, lo subimos abordo. Los buzos gritan de alegría, el mar está más limpio que ayer y ¡esa es nuestra victoria!