2.01.05

Hola buzos,
ante todo pediros disculpas por no haber podido ponernos antes en contacto con vosotros, pero ya sabéis que estamos en Tailandia y el tsunami nos dejó incomunicados hasta hace unos días.
Paso a resumiros lo que para nosotros ha sido esta tragedia.
Janine y yo estamos bien.

26 de diciembre:

Janine y yo nos encontramos por Tailandia, ya sabéis buscándonos la vida y haciendo fotografía subaquática. El 26 nos encontrábamos en Ton Say (Krabi), a sotavento de Puket, en una playa apartada de todas partes donde los acantilados ascienden mostrando una catarata de jungla verde donde los monos tienen sus comunidades, el mar, suave como una pluma, nunca tiene olas, las cabañas están a pocos metros de la orilla. Son cabañas de madera y bambú y en su mayoría, aquí, están pobladas por escaladores de todo el mundo, disfrutando de un ambiente de paz y compadreo como en pocos sitios del mundo. La gente suele madrugar para hacer sus actividades, buceo, escalada, kayak o simplemente tomarse un batido de fruta fresca, acompañado de un buen libro y la música en los auriculares a toda castaña. En Ton Say nada más se puede acceder por el mar o pegándote una caminata por la jungla que además de ser larga y pesada, los tais no te lo indican.
Es un verdadero paraíso perdido entre la jungla y el mar turquesa.

El día 26, todo era exactamente como siempre, la misma tranquilidad de siempre, el sol de la mañana escondido entre las palmeras hacía correr una brisa que en el mar no producía ni una turbulencia. Janine y yo estábamos en el bungalow, cuando de repente empezamos a oír gritos, provenían de la playa, eran aterradores, en principio pensé en juegos, luego me acordé de que los monos a veces rodean a la gente y les roban todo lo que tienen. Janine se asomó a la puerta y con voz fuerte como nunca se la había oído me decía que la gente subía corriendo, seguidamente, no sé porqué, pero cogí mis aletas y máscara pensando que se estaba ahogando alguien y salimos corriendo sin saber lo que venía subiendo el camino. La ola era marrón, arrastraba barcos, sillas, bungalows, motores, palmeras, televisiones, era el caos. La gente que estaba escalando les había pillado contra las paredes, los padres buscaban a sus hijos, – el mío había ido a hacer un bautizo de buceo- decía un pobre señor con los ojos paralizados en el mar que se recogía y ahí venía la otra, la gente corría montaña arriba, nadie se explicaba lo que estaba sucediendo. Unos españoles que escalaban el lado norte salían del agua con una niña de apenas 10 años que estaba jugando con su palita y su cubo en la arena.
Aun no me había secado los pies de la primera ola, cuando llamé por el bendito móvil a mi hermano, sabiendo que algo había pasado y que saldría en las noticias. No quería que se preocupara:
– Tete, escucha, termina de haber un tsunami. No te asustes.
– Pero, ¿Estás bien?
– Sí, pero escucha, avisa al Papa y a la mama que los llamo en cuanto pueda y que estamos bien.
– Espera que te paso a la niña!
– No Pablo…!
Y se cortó. Así hemos estado varios días sin poder comunicar con nadie.
La incertidumbre y el silencio que se hizo durante los días siguientes fueron escalofriantes. La gente, al no poder ser evacuada, se puso a intentar reconstruir en la medida de lo posible lo que la ola había dejado atrás.
Montones de restos de la embestida poblaban ahora la playa, formando hogueras silenciosas donde entre todos mirábamos de borrar pronto el pasado tan reciente, donde todo parecía haber sido una pesadilla colectiva de la que todavía no sabíamos la magnitud de la tragedia.

Ya os contaré el resto de la historia. Solo deciros que estamos bien. Con un nudo muy grande en el corazón al encontrarnos en medio de esto.
Bueno, nada más. Un beso muy grande de Janine y mio. Os hecho de menos.
Gracias por todos los que nos habéis llamado y mandado mensajes por preocuparos por nosotros.

Fran y Janine